Viernes, Noviembre 22, 2019
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Último Discurso de Salvador Allende

Pinta con un fragmento de un discurso de Salvador Allende, en uno de los edificios de la UNAH.

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor


Discurso pronunciado por el Presidente, Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973 y transmitido por Radio Magallanes, horas antes de ser derrocado y asesinado por la dictadura del General Augusto Pinochet.

Compatriotas: Esta será, seguramente, la última oportunidad en la que pueda dirigirme a ustedes.

La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación; mis palabras no tienen amargura, sino decepción y serán ellas el castigo moral para quienes han traicionado el juramento que hicieron.

Soldados de Chile, comandantes en jefe de titulares, y el Almirante Merino que se ha auto designado, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer, manifestará su fidelidad y lealtad al gobierno, también será nombrado director general de carabineros.

Ante estos hechos, solo me cabe decirles a los trabajadores YO NO VOY A RENUNCIAR. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregamos a la conciencia de miles y miles de chilenos no podrá ser cegada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallar pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi patria, quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron. La confianza que depositaron en un hombre que solo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra que respetaría la constitución y las leyes y así lo hizo.

En este momento, definitivo, el último en el que pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección; el capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición que les enseñó Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctima del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobretodo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de la preocupación por nuestros niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días vienen trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas de una sociedad capitalista, la de unos pocos.

Me dirijo a la juventud, aquellos que cantaron, que entregaron su alegría y su espíritu de lucha; me dirijo al hombre, al obrero, al campesino  al intelectual, aquellos que serán perseguidos porque el fascismo en nuestro país hace muchas horas estuvo presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las líneas férreas, destruyendo los oleoductos y gaseoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.